Evelio Jimeno

El nuevo aceite del emperador

Una historia sobre la innovación, la visión y la ambición.

Nº 24     3 de junio de 2025     por Evelio Jimeno Ruiz


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Había una vez en la antigua China, un hombre llamado Zhang Yong que se dedicaba lavar y blanquear ropa en el río junto a su familia. En aquella época, la ropa se lavaba golpeándola contra piedras planas en el río para aflojar la suciedad y las manchas, y se utilizaban cenizas de plantas y en algunos casos, aceites y flores para eliminar olores fuertes.

Era un trabajo duro, especialmente en invierno, porque las aguas del río estaban tan frías que la piel de las manos se agrietaba, se llenaba de sabañones y los huesos dolían de forma insoportable para muchos.

Aquella mañana de invierno era tan fría, que pasada una hora, sólo Zhang Yong y su la familia seguían blanqueando la ropa en el río.

Li Qiao, una joven atenta y observadora, había observado que las personas de la familia Zhang no sólo eran capaces de lavar durante el día entero sino que además, sus manos seguían sin grietas, heridas y trabajaban sin aparente dolor.

Li Qiao, una joven atenta y observadora, notó esta diferencia. Se preguntaba cómo la familia Zhang podía lavar la ropa durante horas, mientras que otros apenas lograban trabajar una hora sin sufrir daños. Esa mañana, decidida a descubrir el secreto, se acercó al anciano Zhang Yong, quien regresaba del río con un carro lleno de ropa recién lavada camino a su almacén.

— Maestro Zhang, ¿cómo es posible que vuestras manos no sufran por el frío como las de los demás? — le preguntó Li Qiao con curiosidad.

El anciano sonrió y le explicó escuetamente que su familia había creado una receta especial de un aceite que aplicaban sobre sus manos y que protegía del frío y las heridas.

La joven Li Quiao preguntó Zhang Yong si estaría dispuesto a valorar la posibilidad venderle la fórmula de ese aceite. A lo que el anciano respondió que lo analizaría con su familia y que le darían una respuesta.

Una semana más tarde en el mismo lugar y a la misma hora, el anciano Zhang Yong y la joven Li Quiao volvieron a encontrarse en el río y estuvieron conversando sobre el posible trato. Finalmente llegaron al acuerdo de vender la receta secreta por 40 monedas de oro. Esta cantidad no era desorbitada, pero eran prácticamente todos los ahorros que Li Quiao había podido acumular a lo largo de su vida.

Una vez conocida la fórmula y aprendido a fabricarla de forma estable, la joven Li Quiao partió de viaje a la cercana ciudad de Kaifeng, en la provincia de Henan para solicitar una entrevista al mismísimo emperador.

En aquella época, el imperio chino se encontraba inmerso en numerosas guerras, y y el duro invierno afectaba duramente a sus ejércitos. Las batallas eran lentas, duras, y el frío invernal hacía mella en los soldados de ambos bandos. La joven Li Quiao consiguió hacer llegar la propuesta al emperador de un nuevo aceite magistral que permitiría proteger a los soldados del ejército chino del frío invierno y poder combatir mejor que su rival en el campo de batalla.

El emperador escuchó a Li Quiao, la entrevista fue breve, pero el potencial efecto del aceite en los soldados era muy importante y el riesgo de aplicar ese aceite en miles de soldados era muy reducido.

Li Quiao se encargó de preparar suficiente aceite para suministrar su aceite al emperador que lo envió directamente a su ejército. De forma satisfactoria, el aceite protegió la piel de los soldados que ahora tenían una ventaja en el campo de batalla. China ganó la guerra ese invierno, y el emperador, agradecido colmó a la joven Li Quiao con todo el oro y riquezas de los que quiso disponer.

En esta historia, vemos cómo el anciano Zhang Yong tuvo la apertura a escuchar y negociar a una joven desconocida que le proponía comprar su receta magistral.

Por su parte, Li Quiao, con su aguda capacidad de observación, no se dedicó a fabricar el aceite y venderlo a otras familias lavanderas —que habría sido el negocio más sencillo— sino que buscó al emperador para resolver un problema de alto valor para todo el imperio.

Y también el Emperador, apostando por una solución nueva y ciertamente desconocida, que podía ayudar a su ejército a vencer la guerra pero que también podría no haber sido efectiva.

En el mundo de la innovación tecnológica, muchos son los productos que se desarrollan. Muchos de ellos funcionan y muchos de ellos no, el riesgo del desarrollo tecnológico está ahí. Pero son todavía más los productos que se quedan en la propia empresa, o que se comercializan en círculos cercanos, de confianza.

La visión y la ambición, el pensar en grande pueden marcar la diferencia en el impacto del producto. Si tuvieras el aceite magistral, ¿serías el tipo de persona, como Li Quiao, capaz de ir a visitar al emperador?


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